miércoles, 27 de abril de 2011

Hasta que la pasión los separe

-Amor, ¿te parece bien casarnos el 12 de diciembre?
-Si, si amor está bien… como vos quieras- le contestó Maximiliano, casi sin escucharla, con los ojos y su mente pegados al televisor, viendo como los Loserts ganaban en el primer partido del campeonato. Era poco habitual que este hombre de 28 años no prestara atención a Milagros, a esa mujer alta, rubia, de ojos verdes, y curvas más peligrosas que el circuito de Montecarlo, que estaba junto a él hace cinco años, desde que fueron compañeros en la facultad de Derecho. Pero este no era un torneo más para el equipo de Mataderos: necesitaba sacar como mínimo 35 puntos para no volver a la B. Una verdadera utopía si se tenía en cuenta que en los últimos cuatro años había descendido tres veces. Sin embargo, era muy fuerte el vínculo que tenía Maximiliano con los Loserts, desde que su viejo lo llevó a verlo a los 15 días de vida. A partir de ahí esa institución se volvió en la única razón de su vida. Mejor dicho, en la segunda, después que se le cruzó Milagros en su camino.
-Entonces el domingo que viene vamos a darles la tarjeta de invitación a mis tíos.
-No, los Loserts juegan el clásico con los Bests…
-Pero si pierden siempre contra ellos. Aparte el casamiento es algo único en la vida. En cambio un partido de fútbol es algo habitual para vos.
Maxi agachó la cabeza y no contestó. Y cuando llegó el día, en la casa de Rómulo y Eva, ni se percató de lo que sucedía a su alrededor. Es que toda su concentración volvía a estar en los Loserts. No podía creer que en los primeros dos encuentros hayan conseguido dos victorias. No podía creer que el Ogro Santillán, el mismo al que siempre insultaba por visitar más los boliches que los entrenamientos, fuera tan imparable para los defensores rivales. No podía creer que el Pato Aguilar, al que lo apodaba Clemente, estuviera tan inexpugnable.
Fueron pasando las semanas, y los Loserts seguían barriendo a sus rivales. Hasta los compañeros de laburo, que siempre lo mofaban por su cara de culo todos los lunes, le decían que iban a salir campeón. Por cábala, Maximiliano trataba de no pensar en esa palabra tan sagrada. Pero tenía una corazonada que le decía que algo muy bueno podía pasar. Sacó de la billetera el fixture que tenía y se fijó cuando terminaba el campeonato. Su rostro se puso blanco con lo que había visto. El último partido, en el que los Loserts podían dar la vuelta olímpica de local era el ¡12 de diciembre! Sí, la misma fecha en la que iba a casarse con su Milagros. Los dos amores de su vida se cruzaban por algo muy especial y mágico el mismo día.
Maxi decidió dejar pasar el tiempo. Pensaba que era imposible que los Loserts pudieran salir campeón. Si ese club existía solamente para hacer sufrir a su hinchada tan seguidora.
Sin embargo, el destino le dio una enorme cachetada a Maximiliano. Llegó el 10 de diciembre, y los Loserts con solo un punto lograban el título. Entonces tomó el toro por las astas y llegada la noche le dijo a Milagros:
-Amor, ya sé que está todo preparado, pero no podemos casarnos el 12. Ese día los Loserts pueden salir campeón, y quiero ir a la cancha y vivir ese momento. Es algo que se da una vez en la vida.
-Y el casamiento también. Ya estoy cansada de estos planteos. Decidí. O yo, o los Loserts.
Maxi lo pensó detenidamente y tomó una decisión.
Y ese 12 de diciembre Maximiliano estuvo en la cancha, sufriendo hasta que en el minuto final el Ogro Santillán marcó el empate. Los Loserts lograban el campeonato. Pero fue tal la emoción que el corazón a Maxi se le detuvo.
Y cuando despertó en el hospital, después que le pusieron dos by pass, lo hizo con una certeza: había tomado la mejor determinación. Si al fin y al cabo, un Milagro lo acompañará a Maximiliano el resto de su vida: el de haber visto a los Loserts campeón del fútbol argentino.

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